HAY VERANOS QUE SE VIVEN EN EL MEDITERRÁNEO. Y OTROS QUE SE COCINAN
- 4 ago
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Hay lugares que no necesitan que vuelvas para seguir contigo.
Se quedan en la memoria como se queda la sal en la piel después de un día de playa.
Yo, en lo personal, extraño aquellas tardes divertidísimas en las costa brava con mis amigas, obviamente siempre había vino de por medio, seguramente es lo que contribuía a que fueran tan divertidas. Tras el día de playas el ritual era ponerse guapa y salir a cenar. Las cenas transcurrían en terrazas a rebosar de gente, donde se escuchaba el murmullo constante de las conversaciones y el sonido vibrante de los cubiertos y las copas.
No hace falta haber nacido allí, ni haber contado los veranos uno a uno. Basta con una de aquellas cenas, una sobremesa que se alarga , un gazpacho helado que devuelve el aire al cuerpo cuando el calor aprieta, o una copa de vino que abre la puerta a conversaciones que no quieren terminar.
Este año nosotros no hemos podido volver.
Y cuando el tiempo suficiente te separa de un lugar, descubres algo curioso: que la nostalgia también se puede cocinar. A fuego lento. Con paciencia. Con memoria. Con manos que recuerdan sin haber estado.
Por eso este verano Casa Celia sabe más a Mediterráneo que nunca.
Sabe a tomate maduro que estalla dulce y ácido a la vez, como un recuerdo feliz. A aceite de oliva que brilla en el plato como si guardara dentro todo el sol de esa Costa Brava. A salpicón de marisco con nuestro guiño inesperado a la leche de tigre, porque nos gusta cruzar orillas, mezclar mares, jugar con lo que emociona. A platos frescos que huelen a costa al caer la tarde. A vinos que no se beben con prisa, sino con la excusa perfecta para quedarse un poco más. A comidas que no entienden de relojes.
No podemos traerte el mar mediterráneo.
Pero sí esa sensación exacta de estar cerca de él: cuando el tiempo se vuelve más blando, la luz más dorada y la vida, de repente, parece más sencilla.
Así que, si este verano no has podido escaparte, o si simplemente te apetece viajar sin moverte del sitio, hay una mesa esperándote.
Una mesa donde el Mediterráneo no se visita: se recuerda, se recrea, se saborea.
Porque hay veranos que empiezan lejos, con un billete en la mano.
Y otros que empiezan aquí mismo, con el primer bocado.

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